Estirar la mano…
Marzo 1, 2008 por Danny
Estaba leyendo una historia que hablaba sobre mendigos, cuando vino un recuerdo a mi memoria:
Hace un año entré a la universidad. A los de primer año nos hacen el típico “mechoneo”, en el cual nos ensucian, cortan la ropa, rayan la cara, mojan y nos mandan a pedir dinero en la calle para hacer una gran “fiesta mechona” y celebrar nuestra llegada al mundo universitario.
Resulta que el día que nos tocó estaba lloviendo y sin embargo nos mechonearon y tuvimos que partir.
Al principio era hasta entretenido andar pidiendo plata e interactuar con la gente que transita, pero luego comenzó el frío, las ganas de irse a la casa y tomar un café bien cargado, ver tele o lo que sea, menos estar allí.
Casi todos mis compañeros se empezaron a ir, aunque a veces me topaba con algunos y contábamos las pocas monedas que conseguíamos a base de súplicas, caras de pena y de frío.
Recuerdo a personas que se apiadaban y nos daban una moneda, gente que nos retaba por pedirle a los pobres siendo que nosotros éramos “ricos”, otros que nos ignoraban como si fuésemos fantasmas y caminaban apuradísimos bajo sus paraguas.
Sentía rabia que la gente me ignorara solo por ir sucia, mojada y pidiendo dinero, que no era ni siquiera por necesidad, sólo para una fiesta.
Estaba dispuesta a irme cuando se me acercó un hombre pequeño, limpio, con un gran bulto encima. Me di cuenta que eran frazadas y plásticos, ¡Era su hogar!
Me dijo que no debería dejar que mis profesores me explotaran así, que debería imponerme y no estar haciendo ricos a otros.Yo no sabía que hacer, no sólo estaba asustada por su mirada extraña, nunca había hablado con alguien que viviera en estas condiciones.
Solo atiné - para mostrarme más cercana - a decirle que estábamos en las mismas, que yo también tenia frío y que también estaba aburrida.
Gran error. El hombre me contestó que no era verdad: al menos yo después que terminara estaría de nuevo en mi sala de clases, en mi cama blanda y al cuidado de mis padres. ¿Y él? Viviría lo mismo todos los días, porque para los de su clase no hay alternativa.
Le pregunté algo que no recuerdo y me fui apurada, diciendo para complacerlo que tenía razón ¿Qué más podía hacer? Él no buscaba dinero, sólo me ofreció un consejo errado. ¿Cómo podía saber que es el mechoneo si ese mundo es inaccesible para él?
Luego me fui a la casa, me bañé y me puse mi ropa normal. Me habían hecho sopa de almuerzo para que me repusiera de la mojada, me acosté dormí el resto de la tarde.
Pasó el tiempo y no sé si sigue allá afuera, sufriendo los días de calor y de frío, pidiendo las sobras a personas que lo ignoran y sintiendo en carne propia la indiferencia de las personas “educadas”, esa indiferencia que poco a poco va acabando con todo lo bueno que puede tener esta vida, porque hace que se convierta en alguien indeseado e inútil, sobre todo inútil.
Espero que al menos alguien más se sensibilice y piense un poco, no sólo en lo poco que tienen algunos, sino en lo mucho que tenemos y ni siquiera nos damos cuenta.