Sábado 27, “El día después de mañana” ha llegado

Me había acostado hace 5 minutos. De pronto escuché un ruido extraño, que se transformó en un pequeño movimiento de la ventana, luego más fuerte que comenzó a mover las puertas, luego más y más fuerte que hizo sonar el techo el hizo que no pudiera ver bien, como si me mareara y cayera a 1000 km. por hora. Me paré rápido de la cama y se cortó la luz. Cuando logré llegar a la puerta de mi pieza no podía sostenerme en pie. Me encontré con mi hermana que estaba ya en el umbral de la puerta, siempre nos habían advertido que esos eran lugares seguros. No podíamos hablar. Mi madre, que estaba en el piso de abajo nos gritó que bajáramos. Mi hermana respondió que no podíamos, en esos momentos era mas seguro que nos quedáramos arriba esperando que pasara el movimiento que aventurarnos a bajar las escaleras.
Mientras la casa resistiera estaba todo bien, pero el movimiento era cada vez mas fuerte y eterno, hasta el punto que no podía mantenerme erguida y sujeta a una pared. Estaba agachada esperando que el cielo cayera sobre nosotros, con una presión en el estomago tan fuerte como si hubiera hecho abdominales una hora sin descanso. Rezaba a Dios para que pasara pronto, mientras no creía lo que estaba pasando, pues sabía que debíamos huir a los cerros porque probablemente vendría el tsunami, pero el movimiento no cesaba, solo nos tambaleábamos violentamente de un lado al otro.

Creí que iba a morir aplastada en ese momento y me lamenté por todas las cosas que no iba a alcanzar a hacer. Fueron los dos minutos más aterradores de mi vida. En un momento mi hermana gritó a mis padres que estábamos bien y me sorprendí que pensara en eso, ya que yo no pensaba con claridad y los pensamientos que lograba hilvanar eran cosas apocalípticas. Hasta ahora al escribirlo siento una parte de ese dolor.
De a poco el movimiento comenzó a bajar de intensidad, pero no acababa completamente. Mi hermana apenas se dio cuenta entró a su pieza a ponerse zapatos para huir. Yo entre a buscar los pantalones, pero no me los podía poner porque mi cuerpo temblaba dramáticamente y mis manos no eran capaces de sostener algo. Entró mi hermana a ayudarme y logré controlarme mentalizando que si no podía controlar mis manos moriría ahogada.

Teníamos que salir pronto y abrimos la puerta, la empresa Celco al frente de nuestra casa sonaba de una forma aterradora y salía vapor de sus calderas, en ese momento pensé que iba a explotar y no habría más vida, otro inicio de pánico invadió mi cuerpo, mientras sentía las olas de adrenalina que nadaban en mí.
A mi padre se le ocurrió la brillante idea de huir en auto y nadie estaba de acuerdo, pero ninguna podía articular palabra, así que simplemente lo seguimos. Al poder salir me sentí mejor, el dolor de estomago disminuía de a poco. Mientras salimos a la calle veíamos a jóvenes borrachos huyendo desde los pub de la playa hacia a carretera. Gritaban ¿Qué hacemos? ¿Qué esta pasando? Mi mamá bajó los vidrios y gritó a los jóvenes que corrieran a los cerros. Teníamos espacio para uno y abrimos la puerta, entraron tres, mientras uno de ellos gritaba ¡Déjenme subir! ¡Déjenme subir! cuando ya estaba adentro, mientras sentía que otra ola de adrenalina me invadía.
Cuando íbamos camino a las alturas nos dimos cuenta que la carretera estaba bloqueada porque se había caído el cerro, dejamos el auto botado y subimos por las escaleras. Con la luz de los focos veíamos los rostros desesperados y desconcertados de la gente, que parecían preguntar que hacemos ahora, mientras mi madre gritaba ¡suban a los cerros, rápido! Vi un hombre con megáfonos gritando que había que subir, que nos alejáramos de los postes, que subamos ordenados y no cunda el pánico. Eso hicimos, mi madre con la interna guiaba a las personas que no tenían luz. Llegamos a un lugar seguro y nos sentamos a esperar. Nos demoramos alrededor de 5 minutos en hacer lo que he narrado.

Seguimos esperando, mientras escuchábamos a las personas hablar del susto que tenían, la forma en que habían despertado, de que iba a pasar con la noche veneciana, que pasaría con el Festival de Viña, que pensaría Arjona que estaba en Chile, de la gente que estaba en la isla Orrego, que no veíamos ni oíamos pero sabíamos que estaban ahí, a merced del destino. Creo que las conversaciones eran una especie de autoconsuelo para retardar el afróntanos con la realidad que estábamos viviendo.


Luego de una larga espera sentimos un ruido ensordecedor. Aun no amanecía y no veíamos nada, por el olor a agua salada y a celulosa supimos que era el devastador abrazo del mar. No sabíamos ni la altura de la ola ni su rapidez, un bosque nos tapaba toda visibilidad, lo que era más desesperante aún. En el aire se sentía el miedo la pequeñez del ser humano, la incredulidad de que nos pasara a nosotros, la impotencia de no poder hacer nada mientras veíamos desde las alturas como todo el esfuerzo de una vida se perdía en unos pocos minutos. Sabíamos que éramos sobrevivientes de una tragedia que muy pocos han contado en la historia de la humanidad. Sin embargo, no sabíamos lo que nos esperaba al amanecer.



